El fracaso de las misiones y la invasión de milicianos
Análisis y Opinión
Crónicas de Facundo: El fracaso de las misiones y la invasión de milicianos
Para buena parte de los venezolanos, hijos del día a día, prisioneros de la cultura de presente y amigos del lance, del llamado “resuelve” cotidiano, el título de la columna les ha de irritar y sonar insultante.
Escribo, sin embargo, a conciencia, libre de apremios.
Soy ajeno a las tentaciones clientelares y pretendo, hasta donde puedo, mirar más allá del tormento de la trinchera política. No lavo culpas propias ni ajenas y dada la creciente e ignominiosa pobreza nacional me resisto a la opción fatal, también pesimista, que afirma que ante ella algo es algo en medio de la nada, y que cuando menos las misiones – Barrio Adentro y las otras tantas - han aliviado las carencias muchas de nuestro pueblo en lo sanitario, en lo social, y en lo educacional.
Creo, por el contrario, que las misiones han sido tan perniciosas que no han hecho sino afirmar y afinar deliberadamente un sistema de humillación y de explotación oficial sistemática, que se ceba en las necesidades colectivas e individuales más acuciantes de la gente y las exprime, hasta un punto tal que, sujetando al alma popular, han anulado la fuerza e iniciativa propias del venezolano y de la venezolana hasta hacerlos sirvientes y lacayos del aparato estatal.
Nadie podría negar que ante una emergencia o catástrofe nacional – como lo fuera verbi gratia el deslave en el Estado Vargas de 1999 – una operación cívica o la actividad misionaria de urgencia sea la apropiada para atenuar con rapidez y eficacia sus efectos nocivos, mitigando el dolor colectivo y la desesperanza. De allí lo razonable y hasta indispensable de las misiones de buena voluntad, sean de educadores, sean de médicos o de miembros de la defensa civil, quienes venidos en manada desde otros países se hacen presentes en el teatro de la desgracia y como expresión de la solidaridad militante.
El caso es, empero, que habiendo transcurrido casi nueve años desde cuando se iniciara el Gobierno Bolivariano y al observar quien esto apunta que la emergencia “misionaria” cubana dejó de ser una excepción para transformarse en regla y derivar – como ya se anuncia – en cimiento de la ingeniería constitucional en fragua, forzoso es concluir en la más perversa y degradante de las ideas: A la revolución no le interesa que el país enfermo y postrado salga de su estadio de terapia intensiva, ni que se recupere finalmente.
Prefiere sostenerlo y mantenerlo en emergencia o en crisis mediante dosis bien administradas de oxígeno dinerario, pero no el suficiente como para levantar al enfermo de su lecho y permitirle que camine sobre sus propios pies y guiado por su voluntad.
Paulatinamente, desde 1999, Venezuela ha visto la declinación progresiva de sus centenares de establecimientos sanitarios y educativos. Los hospitales han menguado tanto como los servicios de atención médico primaria y carecen de lo más indispensable. La educación formal, a su vez, es golpeada con saña y sustituida por otras iniciativas improvisadas, situadas, sí, en el marco de la citada emergencia estructural y sin solución de continuidad, resoluble sólo al través del “modelo misionario”.
Y cuando a falta de hospitales y de ambulatorios, cuyos edificios se derrumban en toda la geografía, la gente encuentra su alivio en un medico o galeno cubano – formado a trocha y moche – pero dispuesto a dotar al paciente urgido siquiera de una aspirina que le atenúe su dolencia, es explicable que éste no pueda menos que agradecer tal auxilio y calificarlo hasta de providencial: A falta de todo algo es algo.
Asimismo, cuando en defecto de escuelas dotadas y en funcionamiento la población escolar deserta, cualquier ayuda para la alfabetización del hijo sin escolaridad, aun apresurada y en beneficio de quien carece de todo ha de resultarle reconfortante y hasta milagrosa.
Pero la pregunta vuelve y a propósito, e interpela sin concesiones.
¿Después de nueve años de emergencia sostenida porqué no llega el momento de que el tiempo de los apuros ceda, para dar lugar a una red hospitalaria estable y a circuitos de dispensarios populares permanentes, con médicos profesionales y medicinas suficientes, y con apoyo en un sistema de seguridad social fuerte e institucionalizado?
¿Luego del imperativo de arbitrar medios expeditos para solventar con rapidez los índices de analfabetismo acusados por el país – que el Régimen dijo haber resuelto y que la UNESCO sostiene lo contrario - y habiendo transcurrido casi dos lustros desde el momento en que la Revolución afirmara haber encontrado a un pueblo educativamente postrado, porqué no llega el momento en que la misión y la operación cívica preste su lugar a las redes regulares de educación y de inclusión escolar, y a edificaciones educativas dignas y dotadas, capaces de asumir con normalidad la gestión educativa del país?
Pues parece que no llegará ese momento.
La misión y su concepto, trasladado desde LaHabana hasta nuestra tierra dolorida, llegó con el propósito de quedarse y hacer de nuestra realidad una emergencia sostenida y un estado de necesidad perpetuo, sin posibilidades de ser superado. De otro modo no sería posible la explotación revolucionaria.
Si los miembros o usuarios de las misiones hubiesen superado sus estadios de necesidad crónicos mal podrían ser objeto de manipulación. No serían la carne de cañón que a diario se usa – mediante el usufructo de sus carencias vitales, lo repito – para uniformarlos de rojo-rojito y arrastrarlos como “bancos de sardina” hacia las ceremonias que rinden culto diario a la persona del Dictador.
Las misiones, pues, son una ofensa abierta a la dignidad humana de los venezolanos, quienes acuden a ellas ante la falta de opciones. Lo que es peor, han derivado en la fuente de los mayores actos de corrupción que haya conocido nuestra historia contemporánea.
Ya verán quienes esto lean, cómo la maleta de los 800.000 dólares llegados a Buenos Aires a manos de uno de los empresarios de Régimen misionario, será una muestra más de los negociados inescrupulosos en que han derivado estos mecanismos de explotación del hombre por el hombre y cuyos hacedores se visten con el nombre místico de misioneros. Nada menos.
Entre líneas
• Atrapados por el affaire de la maleta, pasa bajo de la mesa uno de los hechos más desdorosos para la dignidad nacional. Muestra la invasión imperial extranjera a la que está siendo sometida nuestra patria, dado el espíritu de traición que ha hecho presa de nuestro más Alto Gobierno. Juan José Ravilero, Jefe de los Comités de la Defensa de la Revolución cubana, confesó que ya son 30.000 los miembros de los CDR’s quienes se encuentran en el país. No se trata de los médicos y maestros que bien conocemos. Son milicianos, quienes por mandato de la Constitución de Cuba (artículo 119) cumplen la tarea de preparar y dominar nuestros espacios y a su gente para situaciones bélicas, organizando al efecto la movilización y el estado de emergencia. Nuestra Constitución, en su artículo 13, prohíbe establecer bases o misiones que tengan propósitos militares, por parte de ningún país extranjero. ¿En que quedamos señor Fiscal General y señores diputados?
Asdrúbal Aguiar
correoaustral@gmail.com
Crónicas de Facundo: El fracaso de las misiones y la invasión de milicianos
Para buena parte de los venezolanos, hijos del día a día, prisioneros de la cultura de presente y amigos del lance, del llamado “resuelve” cotidiano, el título de la columna les ha de irritar y sonar insultante.
Escribo, sin embargo, a conciencia, libre de apremios.
Soy ajeno a las tentaciones clientelares y pretendo, hasta donde puedo, mirar más allá del tormento de la trinchera política. No lavo culpas propias ni ajenas y dada la creciente e ignominiosa pobreza nacional me resisto a la opción fatal, también pesimista, que afirma que ante ella algo es algo en medio de la nada, y que cuando menos las misiones – Barrio Adentro y las otras tantas - han aliviado las carencias muchas de nuestro pueblo en lo sanitario, en lo social, y en lo educacional.
Creo, por el contrario, que las misiones han sido tan perniciosas que no han hecho sino afirmar y afinar deliberadamente un sistema de humillación y de explotación oficial sistemática, que se ceba en las necesidades colectivas e individuales más acuciantes de la gente y las exprime, hasta un punto tal que, sujetando al alma popular, han anulado la fuerza e iniciativa propias del venezolano y de la venezolana hasta hacerlos sirvientes y lacayos del aparato estatal.
Nadie podría negar que ante una emergencia o catástrofe nacional – como lo fuera verbi gratia el deslave en el Estado Vargas de 1999 – una operación cívica o la actividad misionaria de urgencia sea la apropiada para atenuar con rapidez y eficacia sus efectos nocivos, mitigando el dolor colectivo y la desesperanza. De allí lo razonable y hasta indispensable de las misiones de buena voluntad, sean de educadores, sean de médicos o de miembros de la defensa civil, quienes venidos en manada desde otros países se hacen presentes en el teatro de la desgracia y como expresión de la solidaridad militante.
El caso es, empero, que habiendo transcurrido casi nueve años desde cuando se iniciara el Gobierno Bolivariano y al observar quien esto apunta que la emergencia “misionaria” cubana dejó de ser una excepción para transformarse en regla y derivar – como ya se anuncia – en cimiento de la ingeniería constitucional en fragua, forzoso es concluir en la más perversa y degradante de las ideas: A la revolución no le interesa que el país enfermo y postrado salga de su estadio de terapia intensiva, ni que se recupere finalmente.
Prefiere sostenerlo y mantenerlo en emergencia o en crisis mediante dosis bien administradas de oxígeno dinerario, pero no el suficiente como para levantar al enfermo de su lecho y permitirle que camine sobre sus propios pies y guiado por su voluntad.
Paulatinamente, desde 1999, Venezuela ha visto la declinación progresiva de sus centenares de establecimientos sanitarios y educativos. Los hospitales han menguado tanto como los servicios de atención médico primaria y carecen de lo más indispensable. La educación formal, a su vez, es golpeada con saña y sustituida por otras iniciativas improvisadas, situadas, sí, en el marco de la citada emergencia estructural y sin solución de continuidad, resoluble sólo al través del “modelo misionario”.
Y cuando a falta de hospitales y de ambulatorios, cuyos edificios se derrumban en toda la geografía, la gente encuentra su alivio en un medico o galeno cubano – formado a trocha y moche – pero dispuesto a dotar al paciente urgido siquiera de una aspirina que le atenúe su dolencia, es explicable que éste no pueda menos que agradecer tal auxilio y calificarlo hasta de providencial: A falta de todo algo es algo.
Asimismo, cuando en defecto de escuelas dotadas y en funcionamiento la población escolar deserta, cualquier ayuda para la alfabetización del hijo sin escolaridad, aun apresurada y en beneficio de quien carece de todo ha de resultarle reconfortante y hasta milagrosa.
Pero la pregunta vuelve y a propósito, e interpela sin concesiones.
¿Después de nueve años de emergencia sostenida porqué no llega el momento de que el tiempo de los apuros ceda, para dar lugar a una red hospitalaria estable y a circuitos de dispensarios populares permanentes, con médicos profesionales y medicinas suficientes, y con apoyo en un sistema de seguridad social fuerte e institucionalizado?
¿Luego del imperativo de arbitrar medios expeditos para solventar con rapidez los índices de analfabetismo acusados por el país – que el Régimen dijo haber resuelto y que la UNESCO sostiene lo contrario - y habiendo transcurrido casi dos lustros desde el momento en que la Revolución afirmara haber encontrado a un pueblo educativamente postrado, porqué no llega el momento en que la misión y la operación cívica preste su lugar a las redes regulares de educación y de inclusión escolar, y a edificaciones educativas dignas y dotadas, capaces de asumir con normalidad la gestión educativa del país?
Pues parece que no llegará ese momento.
La misión y su concepto, trasladado desde LaHabana hasta nuestra tierra dolorida, llegó con el propósito de quedarse y hacer de nuestra realidad una emergencia sostenida y un estado de necesidad perpetuo, sin posibilidades de ser superado. De otro modo no sería posible la explotación revolucionaria.
Si los miembros o usuarios de las misiones hubiesen superado sus estadios de necesidad crónicos mal podrían ser objeto de manipulación. No serían la carne de cañón que a diario se usa – mediante el usufructo de sus carencias vitales, lo repito – para uniformarlos de rojo-rojito y arrastrarlos como “bancos de sardina” hacia las ceremonias que rinden culto diario a la persona del Dictador.
Las misiones, pues, son una ofensa abierta a la dignidad humana de los venezolanos, quienes acuden a ellas ante la falta de opciones. Lo que es peor, han derivado en la fuente de los mayores actos de corrupción que haya conocido nuestra historia contemporánea.
Ya verán quienes esto lean, cómo la maleta de los 800.000 dólares llegados a Buenos Aires a manos de uno de los empresarios de Régimen misionario, será una muestra más de los negociados inescrupulosos en que han derivado estos mecanismos de explotación del hombre por el hombre y cuyos hacedores se visten con el nombre místico de misioneros. Nada menos.
Entre líneas
• Atrapados por el affaire de la maleta, pasa bajo de la mesa uno de los hechos más desdorosos para la dignidad nacional. Muestra la invasión imperial extranjera a la que está siendo sometida nuestra patria, dado el espíritu de traición que ha hecho presa de nuestro más Alto Gobierno. Juan José Ravilero, Jefe de los Comités de la Defensa de la Revolución cubana, confesó que ya son 30.000 los miembros de los CDR’s quienes se encuentran en el país. No se trata de los médicos y maestros que bien conocemos. Son milicianos, quienes por mandato de la Constitución de Cuba (artículo 119) cumplen la tarea de preparar y dominar nuestros espacios y a su gente para situaciones bélicas, organizando al efecto la movilización y el estado de emergencia. Nuestra Constitución, en su artículo 13, prohíbe establecer bases o misiones que tengan propósitos militares, por parte de ningún país extranjero. ¿En que quedamos señor Fiscal General y señores diputados?
Asdrúbal Aguiar
correoaustral@gmail.com
Cortesía Globovisión







































